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josefer juan

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Apostando por un futuro que se construye entre todos buscando la verdad. Me pregunto y preguntan a diario, y de eso escribo. Si en algo puedo ayudar, dímelo.

 
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Sobre la idea de “democracia”

escrito el 3 de diciembre de 2013 por en Personal

Creo que es educativamente imprescindible retomar de forma continua y con cierto rigor, las palabras grandes -y realidades grandes- que inundan nuestra vida. Y de esta manera meditar qué son y dónde podemos encontrarlas. Evitando antes, y como podamos, los dos peligros originales de toda reflexión: uno, dejarnos llevar por los prejuicios que viajan con nosotros siempre, centrándonos en nosotros mismos; dos, ir corriendo a un libro o diccionario o a otra persona a buscar y escuchar una definición que nos satisfaga y a la que agarrarnos sin querer pensar por nosotros mismos.

De palabras como amor, democracia o vida -grandes palabras entre otras muchas otras grandes palabras-  se dice que van progresivamente perdiendo su sentido, precisamente por no guardar su contenido y sentido, o se van deformando para poder ser usadas de múltiples maneras, según intereses de los que van o de los que vienen.

  1. De aquella frase estupenda que nos recuerda que “nadie nace sabiendo” podemos concluir que “nadie nace siendo demócrata”. Es decir, tomándose en serio y viviendo aquello que significa, conociendo qué tiene que hacer, cómo comportarse, qué diferencia este sistema de relaciones de otros como dictadura o como oligarquía o como monarquía absolutista. A la democracia hay que llegar, no sin esfuerzo. No tiene mucho que ver con la forma natural en la que viven los hombres en tanto que animales en medio de la naturaleza.
  2. Democracia se traduce, muy a las bravas, como poder del pueblo. Sin muchas veces pensar qué es verdaderamente poder, si debemos o no usarlo y cómo, y qué es pueblo. Dos conceptos e ideas verdaderamente serias que afectan al sentido último de lo que queremos decir y de lo que creemos que estamos viviendo. Se mezclan necesariamente palabras e imágenes frente a las cuales hay que estar atento. Por ejemplo, si por poder se comprender fuerza, presión, o incluso violencia las consecuencias serán claramente antidemocráticas. El poder, en ese sentido, estará del lado de las mayorías como grupos de exclusión. Por su parte, la idea de pueblo remite claramente a unidad en múltiples sentidos. Hoy consideramos que un pueblo no es lo mismo que una nación o una asociación de personas de forma aleatoria. De algún modo, en un pueblo se nace y también se puede pasar a formar parte de él en tanto se acepta esa relación estrecha, casi familiar.
  3. Leyendo hace unos años La oración fúnebre de Pericles, recogida y escrita por Tucídides, pensé que el germen de la democracia estaba en el descubrimiento de los asuntos públicos, es decir aquellos temas que afectaban familiarmente a todos los que pertenecían al mismo grupo. Y que, por lo tanto, la ignorancia de estos asuntos o su no reconocimiento son a la par la cizaña que lo destruye todo. Las democracias modernas, como sistemas de gobierno se articulan precisamente en torno a estas grandes cuestiones, en las cuales van profundizando de diversa manera y legislando para establecer sus límites y su ordenamiento. Pero lo que me parece realmente importante es retomar claridad sobre aquello en lo que se construye el vínculo y la unión, y cuidar a su vez esa relación. No darla por supuesta, ni creer que es, el asunto mismo y la democracia, tema que concierne a otros. Junto a su descubrimiento, también su primacía respecto a los asuntos y temas privados y propios.
  4. En ese mismo texto existe una referencia, para mí igualmente iluminadora, a la búsqueda de la verdad. Hace tiempo me interesó una afirmación, un tanto contundente, sobre esta búsqueda. Decía que esta búsqueda es, por vía del diálogo, un ejemplo claro de intolerencia ante opiniones, manipulaciones y, a su vez, expresión del respeto a cada persona con voz propia y original. Es decir, fomentar la participación de todos sin confundir participación con aceptación sin diálogo, en el cual todos deberían estar interesados en encontrar la verdad. Por situarla en el contexto, se debatía sobre la defensa que cada uno parece que debe hacer de sí mismo y de sus opiniones, en lugar de exponer y expresar opiniones que puedan ser criticadas y valoradas entre todos verdaderamente, sin más pretensión que encontrar la verdad. De ahí, el sistema de justicia y la idea de participación de todos, sin excepción, sea con su palabra, con su opinión, con sus preguntas o con su silencio.
  5. El camino para esa búsqueda, que afecta primordialmente a todos, no puede ser otro que el diálogo mismo. Palabra y encuentro entre personas que se reconocen mutuamente como personas con igual dignidad, pertenecientes a una misma realidad, mirando en una misma dirección. Es decir, el método democrático por excelencia se fundamenta en algo originalmente tan humano como la palabra misma, y en todo aquello que se pueda crear a partir de la palabra dialogada, compartida y aceptada.
  6. Y, por último, la defensa de la democracia misma por parte de quienes la conforman, sin permitir ni la destrucción de los asuntos públicos y su alcance, ni mermar la búsqueda de la verdad con la participación de todos aquellos que son parte del pueblo.

Como siempre, o al menos así quisiera, abierto al diálogo.

@josefer_juan


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Un concepto de “solidaridad” para la escuela

escrito el 28 de noviembre de 2013 por en Personal

Doy por sentado que todo el mundo sabe que la palabra solidaridad es aparentemente moderna, aunque realmente no es así. Lo que ha sucedido es que su entrada arrolladora en el lenguaje más cotidiano ha conseguido grandes logros.

La primera medalla que puede colgarse orgullosa esta palabra, a mi modo de ver, hacernos más sensibles a todo aquello que sucede en el mundo, especialmente el mal que se sufre cada día. No es, en absoluto, tarea menor. Si bien utiliza con excesiva frecuencia herramientas y métodos un tanto cuestionables, que no nos hacen pensar en nada y sólo deseamos dejar de ver, dejar de mirar, dejar de conocer lo que está sucediendo y tanto nos duele. Pero alabemos y demos gracias. Porque cuando suena su música, ya sabemos que algo está aconteciendo y que podemos hacer algo por paliarlo.

Por otro lado, alrededor de la palabra solidaridad, casi en todo lugar que se escriba, se produce un fenómeno capaz de unirnos a algunos. Ni a todos, ni a todos los que pueden hacer algo verdaderamente importante, ni a quienes manejan los virajes de nuestro mundo. Pero sí a algunos, no pocos, y muy diversos. Este es su segundo gran logro: la unidad en la acción. Aquí enlaza ya con su sentido antiguo de colaboración cercana a la ayuda y auxilio que se prestan los miembros de una familia. Nadie es solidario en solitario, ni se lo puede siquiera plantear. Aquel que quiere hacer algo, porque se siente responsable y ama el mundo en el que vivimos, busca a otros a quienes hacer la misma pregunta que el lleva dentro. ¿Qué podemos hacer? No busca al semejante, sino al que también está inquieto. Y mientras va preguntando a unos y otros, contagiando su preocupación y su interrogante.

De la unidad de la acción, el salto se da a la gratuidad y al desinterés. Al menos en algún sentido, no en todos, la gente da sin esperar nada a cambio en el mismo orden. Matizo porque no existe, o no la percibo, esa gratuidad y desinterés puro; más bien se da un cierto intercambio, o lavado de realidades para hacerlas más puras. El dinero, tantas veces responsables de guerras, desigualdades, marginaciones y olvidos, lava su cara y se transforma en algo útil y práctico a favor del bien, del hombre y de la justicia. Algo que no siempre pensamos posible. Y lo mismo ocurre con cosas insignificantes, como un kilo de lentejas, una caja de polvorones, un cuaderno o un libro ya viejo y arrinconado. Casi todo parece cobrar una nueva dimensión ante la solidaridad. También las personas. Y así se dan cuenta de todo cuanto pueden hacer con generosidad extrema.

Cuando así vivimos queremos ser mejores.

Lo que me pregunto es si, vista en profundidad la solidaridad, nos conformamos excesivamente en la escuela con conceptos planos y básicos. ¿Qué tipo de solidaridad enseñamos y pedimos a los alumnos? ¿Qué entienden ellos por solidaridad?

  1. Algo que se hace en relación a catástrofes, desastres, especialmente relacionados con la naturaleza. El motivo de la solidaridad, me pregunto, ¿es el terremoto, el tsunami, la sequía, el huracán?
  2. Algo puntual, muy puntual. Y que por tanto permite que hagamos un esfuerzo de colaborar. ¿Mendigamos la bondad y la justicia de los alumnos? ¿Se suplica la generosidad de la sociedad, y también se enseña así, como si nadie tuviera responsabilidad alguna en lo que sucede?
  3. Algo relacionado con el dinero y ciertas cosas materiales, que tiene poco que ver con una sensibilidad profunda y una comprensión general del mundo y del hombre. ¿Nos movemos con tanta urgencia, y tan apretados por la necesidad, que no nos da tiempo a reflexionar?

Me falta, en todo esto, algo fundamental. Entender la solidaridad vinculada a la humanidad de cada uno. Pero aquí viene la sorpresa. La aceptación de esta palabra en nuestra cultura, y en nuestras escuelas y libros y televisiones e imaginarios generales del mundo y del hombre, resulta muy cómoda. Llegó y desplazó a otras palabras de mayor calado, menos puntuales y más radicales y exigentes. Hablar de solidaridad impide, aun no siendo contrarias ni mucho menos, profundizar en la caridad, en la compasión, en la ternura, en la misericorida. Es decir, hacer salir a la ayuda y la cercanía a las necesidades de unos y otros de una brevedad y de una puntualidad sin consistencia. Es más, hace falta retomar la solidaridad sin necesidad de la catástrofe, vinculada al amor por el hombre, por el bien, y a la responsabilidad que tiene toda persona con lo que es, lo que tiene, lo que ve, lo que conoce.

@josefer_juan
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Lo que la educación necesita

escrito el 17 de noviembre de 2013 por en Personal

Sobre educación, como de política, de justicia, de medicina, de filosofía, todo el mundo parece saber no poco, sino mucho. Incluso de fútbol parece saber la gente. Me atrevería a decir que algunos han sido capaces de persuadirse a sí mismos hasta el punto de creer que sólo ellos están en posesión de la verdad. O al menos es el tono en el que habitualmente se expresan.

No sólo saben. Además todo el mundo habla y se complace en ser escuchado. No sé si escucha, pero sí habla. Con profusión y abundancia. Poco diálogo he encontrado por el momento. Será que soy joven.

Y no parece que sepan en abstracto, sino en cada caso parece que saben qué hay que hacer, cómo iría todo mejor, qué es lo que más conviene a ese muchacho, qué debería hacer ese profesor, cómo debería estar organizado tal o cual colegio… Más aún, conocen y señalan, sin piedad normalmente, a los culpables de toda esta situación de crisis en la que nos encontramos. Los alumnos señalan a los profesores; los profesores a su vez a los alumnos y a la administración, también a las familias; las familias al gobierno, a la política, al barrio, a sus hijos que no estudian y a los profesores que no entienden a sus hijos. De cierto modo demagógico de hacer política en educación y de algún que otro pedagogo, interesado y no tan interesado, mejor no hablar demasiado. En ocasiones llegan a las escuelas con tanto miedo por el qué dirán que sólo se desprende de su paso orgullosas recetas que no sirven para nada; aunque nadie se atreva a decírselo en confianza.

Algo sabrán los profesores, las familias y los alumnos. No digo que no. Aunque sólo sea por experiencia continua de cada día y deseo de lo que sea el día siguiente. Pero no saben tanto como para considerar que no se debe escuchar a nadie y ser ellos escuchados en pedestales de oro y marfil. Quieren, y en eso suelen coincidir, una escuela diferente y mejor. Aunque luego, al examinar bien qué significa eso y cómo alcanzarlo, difieran. Pero en camino están, o estarían dispuestos según sus propias palabras. En la práctica, habría que ver quiénes llegan al final comprometidos en su parte.

A su vez, diría que cada uno a su vez desconoce, y se confunde. Son agentes interesados por muchas y diferentes razones, y en esa medida igualmente cegados y volcados sobre sí mismos. Las familias necesitan un lugar donde “dejar” a sus hijos, y de paso “han venido dejando” también la responsabilidad de educarles en ámbitos y temas muy concretos y muy serios. La escuela, por descontado, es fundamental en el sistema económico y laboral actual; no sólo por ir preparando sus futuros trabajadores, sino para sostener en presente el sistema en vigor. A su vez, los alumnos quieren evidentemente que la educación sea más fácil y asequible, más masticada, más motivadora, menos dura y árida, más divertida; y que también les prepare mejor. Tampoco les agrada mucho ser controlados y tener que obedecer, o pasar exámenes y dar cuenta de lo que van haciendo. Por su parte, los profesores, y lo digo sin escándalo de ningún tipo, no quieren en ocasiones algo muy diferente de los alumnos. Lo saben bien, y lo saben expresar con otras palabras más locuaces para que no se equipare tan fácilmente; pero cuando se sienta el claustro reunido a escuchar y formarse, aparece. Ellos también quieren que “otros” les faciliten su vida en el centro, las horas que invierten en él, que todo sea más fácil y menos exigente.

De todo esto deduzco algo evidente, aunque no siempre reconocido. La necesidad de más diálogo menos interesado, menos defensivo, menos apoltronado e hiriente. Un diálogo sin tanto eslogan y frase grandilocuente. Un diálogo abierto, familiar y preocupado. Porque el asunto lo merece. Porque no es “educación”, en genérico. Ése es el engaño que permite a algunos soltar su lengua, e ignorancia. Se trata de personas, y no de cualquier persona. Para los padres se trata de sus propios hijos. Y para muchos maestros y profesores de su misma vida, de su vocación, de su segunda casa y de sus sueños.

Ya sé que no es gran cosa lo que he aportado. Pero resulta el fundamento. Otra cuestión es si todos están preparados para el diálogo democrático sobre la escuela, para un verdadero diálogo por encima de sus propias opiniones en el que reconocer sus falsas certezas y desmantelar, para proponer, sus seguridades. De partida diría que no todos, deseando encontrar en esta materia a “algunos”, aunque fueran pocos y valientes.

@josefer_juan


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¿Por qué este título para este blog?

escrito el 15 de noviembre de 2013 por en Personal

Creo firmemente que la educación debe recuperar con urgencia su esencia pedagógica de proximidad y familiaridad, y así volver a asombrarse de su capacidad para ser motivo de encuentro y relación, y fuerza que pone en marcha dinamizando el interior mismo de las personas -y de los pueblos- que se han encontrado consigo mismas, con los otros, con el misterio y la llamada que hacen al hombre la verdad y la felicidad.

Antes, mucho antes que cualquier otro interés vertido sobre la escuela, que todo propósito de acción y que cualquier objetivo, deberíamos ahondar profundamente en las raíces en las que surgieron las palabras (y realidades) de la educación, de la pedagogía y de la escuela. Por muy trasnochada que pueda sonar la palabra meditar, deberíamos meditar estas cuestiones de forma cíclia, en espiral, volviendo a ellas una y otra vez.

Cualquiera de las tres palabras están desprovistas en su origen de nuestras ideas. Nos enfrentamos, por tanto, a lo que debemos mantener siempre como extraño y que puede de este modo venir en nuestra ayuda.

  1. Sabemos que escuela proviene de una palabra griega cuyo significado es el ocio, la gratuidad, lo contrario a lo obligado y a lo interesado, lo que era propio solo de personas capaces de vivir en libertad y que, además, querían seguir siendo libres.
  2. El pedagogo era un esclavo cuyo oficio era acompañar a los niños. Pero no da igual cómo entendamos esta labor. No se trataba, en absoluto, de darles la mano para que se sintieran seguros al cruzar la calle, ni llevarlos en brazos para que no se cansaran. Más bien era el que se aseguraba de que llegaban bien a su destino, garantía del viaje y de su sentido, evitando despistes y contratiempos. Recuerdo que en algún lugar del mundo, para que los hijos de alguien “poderoso” de la zona vinieran a las clases de la tarde, el mismo capitán tenía que coger un palo e ir detrás de los muchachos como si se tratara literalmente de una panda de gansos. Pues el pedagogo debía ser alguien así. El que, a pesar de los gustos y de lo que sucediera, empujaba diligentemente para llegar a buen término. No por él, sino por su misión y tarea. Aquí existe un encargo claro.
  3. Y, por último, el gran palabro: educar. Cambiamos al latín. Y nos encontramos con posturas enfrentadas respecto a su etimología. Pero no quiero distraerme. Meditaría aquello de sacar de dentro del propio alumno aquello que ya lleva dentro. Por tanto, contemplar la bondad y la verdad del hombre y del mundo en cada persona de carne y hueso, acoger sus respuestas, respetar su trayectoria y proceso, sus tiempos y debilidades, sus aspiraciones y grandezas. No hay mejor profesor ni maestro que el que sabe, y vive, que no puede ocupar el lugar principal.

El título se debe también a la escena en la que quien educa está en su propia casa, en zapatillas de verdad, sentado o recostado en la silla de trabajo o en el sofá, a la vista de todos. Allí el maestro da vueltas a lo que lleva entre manos, se preocupa, diseña, proyecta, reflexiona internamente con el rostro concentrado de quien modela el barro. La educación debe mucho a ese tiempo oculto en el que se maceran las ideas y se diseñan estrategias, donde se repasa, se evalúa, se autoevalúa. Tiempo íntimo y personal, no pocas veces poco valorado y despreciado.

@josefer_juan


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