Aprender a Pensar

Repensar la Educación

josefer juan

Editorial SM

Sobre la idea de “democracia”

Creo que es educativamente imprescindible retomar de forma continua y con cierto rigor, las palabras grandes -y realidades grandes- que inundan nuestra vida. Y de esta manera meditar qué son y dónde podemos encontrarlas. Evitando antes, y como podamos, los dos peligros originales de toda reflexión: uno, dejarnos llevar por los prejuicios que viajan con nosotros siempre, centrándonos en nosotros mismos; dos, ir corriendo a un libro o diccionario o a otra persona a buscar y escuchar una definición que nos satisfaga y a la que agarrarnos sin querer pensar por nosotros mismos.

De palabras como amor, democracia o vida -grandes palabras entre otras muchas otras grandes palabras-  se dice que van progresivamente perdiendo su sentido, precisamente por no guardar su contenido y sentido, o se van deformando para poder ser usadas de múltiples maneras, según intereses de los que van o de los que vienen.

  1. De aquella frase estupenda que nos recuerda que “nadie nace sabiendo” podemos concluir que “nadie nace siendo demócrata”. Es decir, tomándose en serio y viviendo aquello que significa, conociendo qué tiene que hacer, cómo comportarse, qué diferencia este sistema de relaciones de otros como dictadura o como oligarquía o como monarquía absolutista. A la democracia hay que llegar, no sin esfuerzo. No tiene mucho que ver con la forma natural en la que viven los hombres en tanto que animales en medio de la naturaleza.
  2. Democracia se traduce, muy a las bravas, como poder del pueblo. Sin muchas veces pensar qué es verdaderamente poder, si debemos o no usarlo y cómo, y qué es pueblo. Dos conceptos e ideas verdaderamente serias que afectan al sentido último de lo que queremos decir y de lo que creemos que estamos viviendo. Se mezclan necesariamente palabras e imágenes frente a las cuales hay que estar atento. Por ejemplo, si por poder se comprender fuerza, presión, o incluso violencia las consecuencias serán claramente antidemocráticas. El poder, en ese sentido, estará del lado de las mayorías como grupos de exclusión. Por su parte, la idea de pueblo remite claramente a unidad en múltiples sentidos. Hoy consideramos que un pueblo no es lo mismo que una nación o una asociación de personas de forma aleatoria. De algún modo, en un pueblo se nace y también se puede pasar a formar parte de él en tanto se acepta esa relación estrecha, casi familiar.
  3. Leyendo hace unos años La oración fúnebre de Pericles, recogida y escrita por Tucídides, pensé que el germen de la democracia estaba en el descubrimiento de los asuntos públicos, es decir aquellos temas que afectaban familiarmente a todos los que pertenecían al mismo grupo. Y que, por lo tanto, la ignorancia de estos asuntos o su no reconocimiento son a la par la cizaña que lo destruye todo. Las democracias modernas, como sistemas de gobierno se articulan precisamente en torno a estas grandes cuestiones, en las cuales van profundizando de diversa manera y legislando para establecer sus límites y su ordenamiento. Pero lo que me parece realmente importante es retomar claridad sobre aquello en lo que se construye el vínculo y la unión, y cuidar a su vez esa relación. No darla por supuesta, ni creer que es, el asunto mismo y la democracia, tema que concierne a otros. Junto a su descubrimiento, también su primacía respecto a los asuntos y temas privados y propios.
  4. En ese mismo texto existe una referencia, para mí igualmente iluminadora, a la búsqueda de la verdad. Hace tiempo me interesó una afirmación, un tanto contundente, sobre esta búsqueda. Decía que esta búsqueda es, por vía del diálogo, un ejemplo claro de intolerencia ante opiniones, manipulaciones y, a su vez, expresión del respeto a cada persona con voz propia y original. Es decir, fomentar la participación de todos sin confundir participación con aceptación sin diálogo, en el cual todos deberían estar interesados en encontrar la verdad. Por situarla en el contexto, se debatía sobre la defensa que cada uno parece que debe hacer de sí mismo y de sus opiniones, en lugar de exponer y expresar opiniones que puedan ser criticadas y valoradas entre todos verdaderamente, sin más pretensión que encontrar la verdad. De ahí, el sistema de justicia y la idea de participación de todos, sin excepción, sea con su palabra, con su opinión, con sus preguntas o con su silencio.
  5. El camino para esa búsqueda, que afecta primordialmente a todos, no puede ser otro que el diálogo mismo. Palabra y encuentro entre personas que se reconocen mutuamente como personas con igual dignidad, pertenecientes a una misma realidad, mirando en una misma dirección. Es decir, el método democrático por excelencia se fundamenta en algo originalmente tan humano como la palabra misma, y en todo aquello que se pueda crear a partir de la palabra dialogada, compartida y aceptada.
  6. Y, por último, la defensa de la democracia misma por parte de quienes la conforman, sin permitir ni la destrucción de los asuntos públicos y su alcance, ni mermar la búsqueda de la verdad con la participación de todos aquellos que son parte del pueblo.

Como siempre, o al menos así quisiera, abierto al diálogo.

@josefer_juan



escrito el 3 de diciembre de 2013 por en Personal


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