Aprender a Pensar

Repensar la Educación

josefer juan

Editorial SM

Un concepto de “solidaridad” para la escuela

Doy por sentado que todo el mundo sabe que la palabra solidaridad es aparentemente moderna, aunque realmente no es así. Lo que ha sucedido es que su entrada arrolladora en el lenguaje más cotidiano ha conseguido grandes logros.

La primera medalla que puede colgarse orgullosa esta palabra, a mi modo de ver, hacernos más sensibles a todo aquello que sucede en el mundo, especialmente el mal que se sufre cada día. No es, en absoluto, tarea menor. Si bien utiliza con excesiva frecuencia herramientas y métodos un tanto cuestionables, que no nos hacen pensar en nada y sólo deseamos dejar de ver, dejar de mirar, dejar de conocer lo que está sucediendo y tanto nos duele. Pero alabemos y demos gracias. Porque cuando suena su música, ya sabemos que algo está aconteciendo y que podemos hacer algo por paliarlo.

Por otro lado, alrededor de la palabra solidaridad, casi en todo lugar que se escriba, se produce un fenómeno capaz de unirnos a algunos. Ni a todos, ni a todos los que pueden hacer algo verdaderamente importante, ni a quienes manejan los virajes de nuestro mundo. Pero sí a algunos, no pocos, y muy diversos. Este es su segundo gran logro: la unidad en la acción. Aquí enlaza ya con su sentido antiguo de colaboración cercana a la ayuda y auxilio que se prestan los miembros de una familia. Nadie es solidario en solitario, ni se lo puede siquiera plantear. Aquel que quiere hacer algo, porque se siente responsable y ama el mundo en el que vivimos, busca a otros a quienes hacer la misma pregunta que el lleva dentro. ¿Qué podemos hacer? No busca al semejante, sino al que también está inquieto. Y mientras va preguntando a unos y otros, contagiando su preocupación y su interrogante.

De la unidad de la acción, el salto se da a la gratuidad y al desinterés. Al menos en algún sentido, no en todos, la gente da sin esperar nada a cambio en el mismo orden. Matizo porque no existe, o no la percibo, esa gratuidad y desinterés puro; más bien se da un cierto intercambio, o lavado de realidades para hacerlas más puras. El dinero, tantas veces responsables de guerras, desigualdades, marginaciones y olvidos, lava su cara y se transforma en algo útil y práctico a favor del bien, del hombre y de la justicia. Algo que no siempre pensamos posible. Y lo mismo ocurre con cosas insignificantes, como un kilo de lentejas, una caja de polvorones, un cuaderno o un libro ya viejo y arrinconado. Casi todo parece cobrar una nueva dimensión ante la solidaridad. También las personas. Y así se dan cuenta de todo cuanto pueden hacer con generosidad extrema.

Cuando así vivimos queremos ser mejores.

Lo que me pregunto es si, vista en profundidad la solidaridad, nos conformamos excesivamente en la escuela con conceptos planos y básicos. ¿Qué tipo de solidaridad enseñamos y pedimos a los alumnos? ¿Qué entienden ellos por solidaridad?

  1. Algo que se hace en relación a catástrofes, desastres, especialmente relacionados con la naturaleza. El motivo de la solidaridad, me pregunto, ¿es el terremoto, el tsunami, la sequía, el huracán?
  2. Algo puntual, muy puntual. Y que por tanto permite que hagamos un esfuerzo de colaborar. ¿Mendigamos la bondad y la justicia de los alumnos? ¿Se suplica la generosidad de la sociedad, y también se enseña así, como si nadie tuviera responsabilidad alguna en lo que sucede?
  3. Algo relacionado con el dinero y ciertas cosas materiales, que tiene poco que ver con una sensibilidad profunda y una comprensión general del mundo y del hombre. ¿Nos movemos con tanta urgencia, y tan apretados por la necesidad, que no nos da tiempo a reflexionar?

Me falta, en todo esto, algo fundamental. Entender la solidaridad vinculada a la humanidad de cada uno. Pero aquí viene la sorpresa. La aceptación de esta palabra en nuestra cultura, y en nuestras escuelas y libros y televisiones e imaginarios generales del mundo y del hombre, resulta muy cómoda. Llegó y desplazó a otras palabras de mayor calado, menos puntuales y más radicales y exigentes. Hablar de solidaridad impide, aun no siendo contrarias ni mucho menos, profundizar en la caridad, en la compasión, en la ternura, en la misericorida. Es decir, hacer salir a la ayuda y la cercanía a las necesidades de unos y otros de una brevedad y de una puntualidad sin consistencia. Es más, hace falta retomar la solidaridad sin necesidad de la catástrofe, vinculada al amor por el hombre, por el bien, y a la responsabilidad que tiene toda persona con lo que es, lo que tiene, lo que ve, lo que conoce.

@josefer_juan
Blog personal de pequeñas cosas
La casa sosegada



escrito el 28 de Noviembre de 2013 por en Personal


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