Aprender a Pensar

Repensar la Educación

josefer juan

Editorial SM

Lo que la educación necesita

Sobre educación, como de política, de justicia, de medicina, de filosofía, todo el mundo parece saber no poco, sino mucho. Incluso de fútbol parece saber la gente. Me atrevería a decir que algunos han sido capaces de persuadirse a sí mismos hasta el punto de creer que sólo ellos están en posesión de la verdad. O al menos es el tono en el que habitualmente se expresan.

No sólo saben. Además todo el mundo habla y se complace en ser escuchado. No sé si escucha, pero sí habla. Con profusión y abundancia. Poco diálogo he encontrado por el momento. Será que soy joven.

Y no parece que sepan en abstracto, sino en cada caso parece que saben qué hay que hacer, cómo iría todo mejor, qué es lo que más conviene a ese muchacho, qué debería hacer ese profesor, cómo debería estar organizado tal o cual colegio… Más aún, conocen y señalan, sin piedad normalmente, a los culpables de toda esta situación de crisis en la que nos encontramos. Los alumnos señalan a los profesores; los profesores a su vez a los alumnos y a la administración, también a las familias; las familias al gobierno, a la política, al barrio, a sus hijos que no estudian y a los profesores que no entienden a sus hijos. De cierto modo demagógico de hacer política en educación y de algún que otro pedagogo, interesado y no tan interesado, mejor no hablar demasiado. En ocasiones llegan a las escuelas con tanto miedo por el qué dirán que sólo se desprende de su paso orgullosas recetas que no sirven para nada; aunque nadie se atreva a decírselo en confianza.

Algo sabrán los profesores, las familias y los alumnos. No digo que no. Aunque sólo sea por experiencia continua de cada día y deseo de lo que sea el día siguiente. Pero no saben tanto como para considerar que no se debe escuchar a nadie y ser ellos escuchados en pedestales de oro y marfil. Quieren, y en eso suelen coincidir, una escuela diferente y mejor. Aunque luego, al examinar bien qué significa eso y cómo alcanzarlo, difieran. Pero en camino están, o estarían dispuestos según sus propias palabras. En la práctica, habría que ver quiénes llegan al final comprometidos en su parte.

A su vez, diría que cada uno a su vez desconoce, y se confunde. Son agentes interesados por muchas y diferentes razones, y en esa medida igualmente cegados y volcados sobre sí mismos. Las familias necesitan un lugar donde “dejar” a sus hijos, y de paso “han venido dejando” también la responsabilidad de educarles en ámbitos y temas muy concretos y muy serios. La escuela, por descontado, es fundamental en el sistema económico y laboral actual; no sólo por ir preparando sus futuros trabajadores, sino para sostener en presente el sistema en vigor. A su vez, los alumnos quieren evidentemente que la educación sea más fácil y asequible, más masticada, más motivadora, menos dura y árida, más divertida; y que también les prepare mejor. Tampoco les agrada mucho ser controlados y tener que obedecer, o pasar exámenes y dar cuenta de lo que van haciendo. Por su parte, los profesores, y lo digo sin escándalo de ningún tipo, no quieren en ocasiones algo muy diferente de los alumnos. Lo saben bien, y lo saben expresar con otras palabras más locuaces para que no se equipare tan fácilmente; pero cuando se sienta el claustro reunido a escuchar y formarse, aparece. Ellos también quieren que “otros” les faciliten su vida en el centro, las horas que invierten en él, que todo sea más fácil y menos exigente.

De todo esto deduzco algo evidente, aunque no siempre reconocido. La necesidad de más diálogo menos interesado, menos defensivo, menos apoltronado e hiriente. Un diálogo sin tanto eslogan y frase grandilocuente. Un diálogo abierto, familiar y preocupado. Porque el asunto lo merece. Porque no es “educación”, en genérico. Ése es el engaño que permite a algunos soltar su lengua, e ignorancia. Se trata de personas, y no de cualquier persona. Para los padres se trata de sus propios hijos. Y para muchos maestros y profesores de su misma vida, de su vocación, de su segunda casa y de sus sueños.

Ya sé que no es gran cosa lo que he aportado. Pero resulta el fundamento. Otra cuestión es si todos están preparados para el diálogo democrático sobre la escuela, para un verdadero diálogo por encima de sus propias opiniones en el que reconocer sus falsas certezas y desmantelar, para proponer, sus seguridades. De partida diría que no todos, deseando encontrar en esta materia a “algunos”, aunque fueran pocos y valientes.

@josefer_juan



escrito el 17 de noviembre de 2013 por en Personal


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