Aprender a Pensar

Repensar la Educación

josefer juan

Editorial SM

¿Por qué este título para este blog?

Creo firmemente que la educación debe recuperar con urgencia su esencia pedagógica de proximidad y familiaridad, y así volver a asombrarse de su capacidad para ser motivo de encuentro y relación, y fuerza que pone en marcha dinamizando el interior mismo de las personas -y de los pueblos- que se han encontrado consigo mismas, con los otros, con el misterio y la llamada que hacen al hombre la verdad y la felicidad.

Antes, mucho antes que cualquier otro interés vertido sobre la escuela, que todo propósito de acción y que cualquier objetivo, deberíamos ahondar profundamente en las raíces en las que surgieron las palabras (y realidades) de la educación, de la pedagogía y de la escuela. Por muy trasnochada que pueda sonar la palabra meditar, deberíamos meditar estas cuestiones de forma cíclia, en espiral, volviendo a ellas una y otra vez.

Cualquiera de las tres palabras están desprovistas en su origen de nuestras ideas. Nos enfrentamos, por tanto, a lo que debemos mantener siempre como extraño y que puede de este modo venir en nuestra ayuda.

  1. Sabemos que escuela proviene de una palabra griega cuyo significado es el ocio, la gratuidad, lo contrario a lo obligado y a lo interesado, lo que era propio solo de personas capaces de vivir en libertad y que, además, querían seguir siendo libres.
  2. El pedagogo era un esclavo cuyo oficio era acompañar a los niños. Pero no da igual cómo entendamos esta labor. No se trataba, en absoluto, de darles la mano para que se sintieran seguros al cruzar la calle, ni llevarlos en brazos para que no se cansaran. Más bien era el que se aseguraba de que llegaban bien a su destino, garantía del viaje y de su sentido, evitando despistes y contratiempos. Recuerdo que en algún lugar del mundo, para que los hijos de alguien “poderoso” de la zona vinieran a las clases de la tarde, el mismo capitán tenía que coger un palo e ir detrás de los muchachos como si se tratara literalmente de una panda de gansos. Pues el pedagogo debía ser alguien así. El que, a pesar de los gustos y de lo que sucediera, empujaba diligentemente para llegar a buen término. No por él, sino por su misión y tarea. Aquí existe un encargo claro.
  3. Y, por último, el gran palabro: educar. Cambiamos al latín. Y nos encontramos con posturas enfrentadas respecto a su etimología. Pero no quiero distraerme. Meditaría aquello de sacar de dentro del propio alumno aquello que ya lleva dentro. Por tanto, contemplar la bondad y la verdad del hombre y del mundo en cada persona de carne y hueso, acoger sus respuestas, respetar su trayectoria y proceso, sus tiempos y debilidades, sus aspiraciones y grandezas. No hay mejor profesor ni maestro que el que sabe, y vive, que no puede ocupar el lugar principal.

El título se debe también a la escena en la que quien educa está en su propia casa, en zapatillas de verdad, sentado o recostado en la silla de trabajo o en el sofá, a la vista de todos. Allí el maestro da vueltas a lo que lleva entre manos, se preocupa, diseña, proyecta, reflexiona internamente con el rostro concentrado de quien modela el barro. La educación debe mucho a ese tiempo oculto en el que se maceran las ideas y se diseñan estrategias, donde se repasa, se evalúa, se autoevalúa. Tiempo íntimo y personal, no pocas veces poco valorado y despreciado.

@josefer_juan



escrito el 15 de Noviembre de 2013 por en Personal


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